Una Despedida, un Perdón


Ayer, mi abuela materna habría cumplido 85 años si estuviera viva. Como nunca, casi todos estuvieron presentes en la misa que se celebraba en el cementerio “El Ángel”. Yo no pude asistir porque estoy medio alejada de Dios, aún no me confieso y la verdad es que no quiero hacerlo. Sé que a mi abuela le hubiera molestado mucho mi actitud, como le molestaba casi todo lo que hacía.

 Una relación difícil

De pronto recordé mi relación con ella, la cual nunca fue buena, a pesar de vivir bajo el mismo techo. Se podría decir que fue mi abuela quien me crió, pero no sé por qué nunca pude darle una muestra de cariño sincero. Recuerdo que en mi pubertad discutíamos por todo, pero más porque no le gustaba que saliera a conversar con mis amigos de barrio. ”Te voy a jalar de las greñas cuando te vea con esos vagos”, me gritaba delante de ellos cuando me llevaba a misa. Cómo odiaba que hiciera eso.

Además de hacerme pasar vergüenza gritándome delante de mis amigos, recuerdo que solía encerrarme en mi casa, por horas, cuando salía a reunirse con el grupo de oración al que pertenecía. Jamás me escuchaba y yo pensaba que estaba metida en la religión sólo para aparentar que era buena persona, cuando en verdad no lo era. A veces, mi abuela se ganaba la antipatía de mis vecinos porque renegaba siempre, más cuando pisaban de casualidad su césped o sus bien cuidadas flores. Los retaba tanto que ya ni se asomaban por mi vereda.

Siempre me quejaba con mi mamá, pero nunca me hacía caso, me decía que todo lo que mi abuela hacía era por mi bien, porque me quería. Yo no creía eso, ni mucho menos que ella fuera sensible. Pero, cuando la vi llorar después de discutir fuertemente pensé en que podría haberme equivocado. Era la primera vez que la veía tan triste por mi causa y, no lo niego, me conmovió mucho.

Recuerdo que los primeros años de mi vida hasta los 14, cuando mi abuela murió de cáncer, la culpaba de haberme privado de lo que más quería en ese entonces: tener mi primer enamorado y más libertad para tener amigos. Y, después de su muerte, el remordimiento de conciencia era insoportable. No comprendía nada de lo que hacía, no entendía por qué era tan mal pensada con respecto a mis amigos o por qué quería que me llevara bien con mi hermana menor. No entendí nada de eso hasta que tuve que hacerme prácticamente cargo de mi hermana y la vida dio un giro para mí.

La enfermedad cambió muchas cosas

En la primavera de 1997 a mi abuela le detectaron cáncer al páncreas. Tiempo de vida: aproximadamente un año, pero me imagino que las súplicas a Dios la ayudaron para que no sufriera más, así que duró sólo seis meses. Recuerdo que mi madre sufría mucho y yo sufría con ella. El cáncer terminó con su carácter fuerte, con su sonrisa de medio lado, con sus grandes ojos avivados, con su caminar apresurado, con su buen gusto en la cocina, con su buena voz para cantar alabanzas a Dios, con su energía para cuidar de sus más preciadas flores y, por supuesto, con su disposición para discutir conmigo. El cáncer poco a poco fue terminando con su vida e increíblemente con la mala imagen que tenía de ella. 

Las cosas entre nosotras se tranquilizaron durante esos meses, pero no sabía cómo reaccionar cuando la veía en cama sin ganas de levantarse.  Por ello, a lo único que atinaba era a pasar el mayor tiempo posible lejos de casa, para no verla sufrir. Tener a un familiar que sufre de esa horrible enfermedad, ver cómo se consume día a día, es algo que te deja marcado.    

Una despedida que nunca llegó

El 18 de marzo de 1998, después de casi 10 horas de agonía, falleció en su cama, rodeada de hijos, nietos, sobrinos y las hermanas de la  “Legión de María”, grupo de oración al que pertenecía. Se despidió de todos menos de mí. Tenía tantas ganas de pedirle perdón por lo mal que me porté con ella, por no haber puesto de mi parte para que nuestra relación sea más llevadera, por haberle dicho tantas cosas que en verdad no las sentía. Tenía tantas ganas de abrazarla y besarla, pero no pude.

Hoy, sé que mi abuela me quiso como yo a ella, pero a nuestra manera. Tal vez discutir todo el tiempo fue la mejor forma de expresar el cariño que nos teníamos. Tal vez mi abuela no quiso despedirse de mí porque sabía que estaría bien. Tal vez no se fue del todo y aún sigue gritándome por mis malos comportamientos. O tal vez  no era necesario pedirnos perdón porque eso era algo que ya lo habíamos hecho desde hace tempo.    

3 pensamientos en “Una Despedida, un Perdón

  1. Me gusto mucho lo que escribiste. Realmente logras trasmitir esa nostalgia, tienes esa fuerza para plasmar esas palabras tan sinceras.
    ¡Felicitaciones!
    Un cálido abrazo.

  2. muy emotivas tus palabras, me han llegado al alma, perdi hace tres años a mi querida abuelita, soy la mayor de las nietas y vive hasta los 20 en su casa y entiendo ese amor entre ustedes, está tan cerca siem,pre que no te das cuenta hasta que parten.

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